Por Daniel Sámano
Regina Martínez cruzó la línea de meta, con lágrimas recorriendo su rostro y una sonrisa que mezclaba alivio, orgullo y felicidad. Fue la última en finalizar la prueba de 10 kilómetros en esquí de fondo para escribir su nombre en la historia del deporte mexicano, el significado mucho más profundo al convertirse en la primera mujer mexicana en competir en esta disciplina en unos Juegos Olímpicos de Invierno.
Lo que dejó atrás no fue solamente la distancia recorrida en la nieve, sino años de esfuerzo silencioso, sacrificios personales y una convicción que se mantuvo firme, incluso cuando las condiciones parecían jugar en contra. La inspiración llegó tras la participación de Germán Madrazo en PyeongChang 2018. Aquella historia despertó en Regina la inquietud por intentar algo distinto, por explorar un camino que parecía improbable para una mexicana. Lo contactó, buscó orientación y comenzó a construir su propio proyecto olímpico.
El esquí de fondo apareció en su vida mientras vivía en Minnesota, en una etapa complicada marcada por el frío extremo, la soledad y episodios de depresión estacional. En medio de ese contexto, la disciplina no solo se convirtió en un deporte, sino en una vía de sanamiento y en una herramienta para recuperar la motivación. Ella misma ha reconocido que el esquí “le devolvió un sueño”, uno que con el tiempo tomó forma olímpica.
El reto era mayúsculo; iniciar en un deporte invernal cerca de los 28 años, con poca experiencia previa en la nieve y mientras estudiaba Medicina. Sin embargo, la edad y la falta de tradición mexicana en la disciplina no fueron impedimento. Más adelante, ya trabajando en Miami, lejos de cualquier paisaje nevado, mantuvo su preparación como pudo: entrenamientos de madrugada antes de entrar al hospital, ahorro extremo para costear viajes a lugares con nieve y hasta pasear perros para generar ingresos adicionales.
Sin tiempo, sin grandes recursos y sin garantías, pero tampoco miedo. Así fue construyendo su camino.
Al cruzar la meta, el momento se volvió aún más especial. Regina se fundió en un abrazo con la brasileña Bruna Moura y recibió la felicitación de las medallistas Frida Karlsson, Ebba Andersson y Jessie Diggins, quienes aguardaron su llegada en una imagen que ya es tradición dentro del esquí de fondo olímpico. Un gesto que simboliza el respeto entre competidoras y que, en este caso, también reconoció el carácter histórico de su participación.
Más allá del resultado, Regina Martínez deja un mensaje claro: los deportes de invierno también pueden tener acento mexicano. Su historia no termina en esa línea de meta; apenas comienza como referente y pionera para las próximas generaciones que sueñen con deslizarse sobre la nieve portando los colores de México.
